Ecos de Eco

Nos hemos enterado, como todos, del fallecimiento de Umberto Eco. Quienes integramos Quinientos25 hemos estado de una u otra manera ligadas a su obra. Y esto es lo que pensamos al enterarnos de la noticia:

  • Alicia: “La isla del día de antes” es uno de mis libros favoritos, el primero que me llenó de nostalgia por algo que ni siquiera voy a vivir.
  • Dora: El fallecimiento de Umberto Eco me hizo ir a la biblioteca de mi casa a buscar el libro  “Kant y el Ornitorrinco” que hace mucho tiempo compré. No está… ¿en dónde lo guardé? No lo sé. Lo que sí es que encontré “El nombre de la rosa”, La isla del día de antes” y “Baudolino”. Creo que una manera de honrar su memoria será releyendo una de sus novelas.
  • Addy: Un domingo mi hermana Tere me vio triste, ella sabía bien por qué; para consolarme, me leyó en voz alta la frase del libro que tenía junto a su cama. Era “El nombre de la rosa”. Ella me dijo: Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus. Y agregó: “De la rosa nos queda únicamente el nombre…” Le dio tanto sentido a lo que me estaba pasando… fue el mejor consuelo que he podido tener.

Wolis t’an

Puro Cuento en Maya. Letranías.

En “Puro Cuento” cada sesión es diferente y los integrantes llevamos varias semanas esperando la de hoy: leeremos en maya y español poesía y cuento. Aquí una probadita de la autoría de Briceida Cuevas Cob:

Wolis t’an

Ch’eene’ ma’ utz tu t’an a pulik tunich ti’i.
Ka ch’amik u ch’eeneknakil.
Jumpulí ma’ utz tu t’ane’ báaxal beyo’.
Wa taak a báaxal tu yéetele’
woliskut a t’ane
ka jalk’esti’,
bin a wil bix ken u ka’ sutil ti’ teech.

¡Únete al próximo grupo de “Puro Cuento” y disfruta experiencias como la que tendremos hoy! Nos reunimos los jueves por la noche. Informes: addy@letranias.com o agencia525@gmail.com

Las redes sociales para Zygmunt Bauman

“Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa”.

Tomado de la entrevista con Ricardo de Querol publicada en El País.
Enero, 2016.

¡Celebración!

¡3, 2, 1 y llegamos a mil seguidores en Facebook!

Celebramos agradeciendo a todos los que nos leen, así como a quienes han visitado nuestra casa creativa participando en alguna o varias de las actividades que hemos diseñado para ustedes, invitándolos a vivir la experiencia de escuchar, expresar y transformar por un mundo, una vida, una humanidad mejor.

¡Gracias!

Quinientos25
Agencia de Relaciones Humanas


 

Imagen de cabecera: “Una celebración” de Fernando Botero.


Ser bolsa

Por Dora A. Ayora Talavera
@DoraAyora

Honestamente ser una bolsa podría ser cualquier cosa, pero ser la bolsa de Ella, es una experiencia maravillosa que te convierte en más que un objeto utilitario, te vuelves compañera, amiga, protectora de la intimidad. No solo ofreces espacio para llevar sus cosas, también le das calor, por lo menos en un costado la cobijas cuando hay frío y viento; le das seguridad, ya que en las noches en calles oscuras dejarte abrazar le brinda tranquilidad; y a veces la proteges, un par de bolsazos a algún tipo inoportuno ¡vaya que son eficaces!

Convertirte en la bolsa de Ella, es ganar identidad. Todo empezó aquella navidad, cuando al verme en la vitrina de la tienda quedó prendada de mí. La vi desde el cristal, sus ojos brillaron al mirarme. La textura de mi piel vacuna, suave, café la conquistó. Sin vacilar pago mi precio – y conste que estaba muy bien cotizada en libras – llevamos juntas seis años y solo me ha dejado descansar unos cuantos días. Le gusto, me gusta acompañarla. La verdad Ella me va muy bien.

Como buena bolsa inglesa, he sido muy bien educada con los más altos estándares de elegancia y distinción. Aprendí a guardar pertenencias, nunca sale de mí nada por voluntad. Lo que entra, ahí se queda; solo sale por mano de Ella y si llega a ser por mano ajena me siento molesta, invadida, ofendida ¡cómo alguien osa atreverse a entrar donde no debe!

Mi diseño es muy actual, mi exterior sencillo y elegante. El par de agarraderas abraza por completo todo el cuerpo, siendo el único adorno que poseo, su longitud es la medida perfecta para rodear toda la bolsa y que colgando del hombro llegue justo debajo de la cintura. Mis costuras son pequeñas y homogéneas lo que me da un toque de estilo. En mi interior, poseo un compartimiento lateral con cierre, donde guardo celosamente unas cartas de amor, un acta de nacimiento y una notita: “te espero en el café de siempre a las 12:00 IM” firma un garabatito con corazón.

En el otro costado poseo dos pequeñas bolsitas abiertas, que son muy prácticas. Una para su celular, en la otra acomoda cosas de las que requiere fácil acceso: delineador de labios, pintura, tarjetas de presentación propias y ajenas, incluso una bolsita con una medallita de la Virgen de Lourdes que le trajeron de Međugorje, en Bosnia y Herzegovina. Fue un regalo que le hizo una compañera como una manera de “hacer las paces” Ella aceptó la medalla-disculpa pues la sintió sincera y desde ese día la llevo en un costado.

La parte media es la más amplia, y la diversidad de productos que he llevado es casi increíble. Cargo de fijo un cepillo negro pequeño para el cabello – aunque aquí entre nos, no lo usa con frecuencia. Una cartera negra delgada que lleva en su interior tarjetas de crédito, débito, puntos de tiendas deportivas y supermercados diversos, identificaciones y vales, todo esto lo sé pues a veces la cartera va abierta o por las prisas Ella las tira dentro para luego ponerlas en su lugar.

También llevo un monedero de pajaritos, que en su interior lleva otro pequeño monedero de rosas, el pequeño atesora monedas de $10.00 la de pájaros todas las demás. Aunque las monedas también suelen estar regadas en mi interior, de vez en cuando al hacer limpieza las pone en su lugar. Hay en mi interior un juego de llaves con elefantito y a veces son introducidos dos o tres juegos de llaves distintos, aunque ya son viejos conocidos sé que vienen solo temporalmente.

Muy esporádicamente soy una especie de caja fuerte que resguarda algunas joyas o sobrecitos amarillos con dinero, cheques por cobrar y billetes en efectivo, que la verdad más tardan en ser puestos en mi interior que en ser sacados de nuevo para no volver.

Diariamente llevo una botellita de 600 ml rellena de agua, una manzana o una barrita, que antes del medio día ya salieron, solo dejan su sudor provocado por el contraste entre la temperatura del refrigerador, el ambiente y mi interior.

La costumbre ha hecho que me guste la menta, Ella suele dejar continuamente diversos tipos, ya sea en pastillas bicolores rojo y blanco, o en caramelos solo blancos, pero mis favoritas son las “Usher” con las que me entretengo, me gusta su olor y disfruto sus leyendas: “Prometer no empobrece, dar es el que aniquila” “Al que es dulce se lo comen las hormigas” “Se puede dormir en la misma cama sin tener el mismo sueño”.

 

Soy una bolsa un  poco traviesa me gusta esconderle a Ella las llaves del coche, el celular o el llavero del elefantito. En cuando siento que su mano hurga mi interior, voy moviendo de lugar el objeto buscado, ya cuando oigo bufidos de enojo decido dejar de jugar bromas y dejo a la vista el tesoro anhelado ¡cómo me divierte molestarla!

Esto de esconderle las cosas no es que sea venganza, pero a veces por accidente ha dejado que algunos residuos líquidos, polvos dulces o papeles diversos ensucien mi interior. El colmo ha sido la palomita de maíz que aquel día en el cine se coló a mi interior y que solo la descubrió 2 semanas después, o aquel rastrillo que guardó y que sacó a toda prisa cuando le lastimó un dedo, inolvidable los calcetines usados y el pañuelo de papel que por prisa cayeron en mi perturbando la paz interior.

Me gusta ser su bolsa, me gusta la sorpresa, el orden eventual frente al desorden cotidiano, subo y bajo de peso de acuerdo a las prisas. Alguien puede preguntarse quién es Ella, Ella soy yo, somos nosotras.

Pienso en mi vejez, cuando mis costuras empiecen a flaquear, cuando la belleza de mi textura pierda su brillo, cuando esté estirada y floja… en fin, al final sabré que la acompañé fielmente, que sobreviví a sus jornadas. Que cargué sin protestar sus accesorios y también sus descuidos. Cuando llegue el momento estaré preparada para entrar al cementerio de bolsas, ese rincón en el fondo del closet, donde el polvo, la ropa, las cosas en desuso ayudarán a que me quede en el olvido.

Riego por inundación

Por Dora Ayora Talavera @DoraAyora

Si me definiera como jardinera, tendría que decir que practico la jardinería ruda. Es decir, no soy de las que riegan sus florecitas y limpian con delicadeza las hojas de sus plantas. Yo diría que prefiero algo más activo; me gusta cortar ramas de árboles, hacer macetas grandes de palmas, podar enormes arbustos y árboles frutales.

De todas mis experiencias con la jardinería, hay algunas que marcaron mi vida y mis recuerdos. Hoy, mis ojos pueden entender la maravilla y belleza que mis ojos de niña veían como aventura y diversión.

Mis inicios se remontan a la edad de seis años haciendo germinar frijoles en un pedazo de algodón húmedo, trasplantarlos cuando ya han crecido lo suficiente para luego verlos morir. También exploré la posibilidad de hacer macetas de papel, arrollando serpentinas de colores, logrando círculos multicolores que después empujaba hacia abajo formando un cono que se convertía en mi maceta arcoiris. Ninguna flor sobrevivió. La explicación que yo me daba es que a las raíces les llegaba el aire que atravesaba el papel y eso las mataba.

Mi primer autoempleo a los doce años fue cortando jardines de mis vecinos. Algunas veces sólo con tijera —que por cierto era yo muy hábil en ese arte— otras, tenía la suerte de conseguir que alguien me prestara una máquina podadora. Obviamente era de esas que empujabas, no tenía ningún tipo de motor ni nada y dependía de qué tan afiladas estuvieran sus aspas para poder terminar mi trabajo pronto. ¡Aaah! El placer del olor de pasto recién cortado, ver cómo quedaba parejito con la máquina y con las tijeras dar forma lineal a todos los bordes. Gané mis buenas monedas con este oficio.

Para una niña de ciudad, venir a Yucatán de vacaciones fue alentar el espíritu explorador y de monte, contribuyendo a la fascinación con todo lo relacionado a la jardinería, agricultura y labores de la tierra en general.

Mi máxima intervención en jardinería ruda fue durante el huracán Isidoro. Después de percatarme de todos los destrozos que había causado, no sé dónde conseguí hacha, machete y una sierra eléctrica y fui por mi vecindario ayudando a cortar y desalojar los patios llenos de árboles caídos. Ramas enormes de aguacate, zapote y mamey pasaron por mi sierra. Acompañada por los propietarios y un primo, cortamos los troncos en pedazos manejables y cada familia se encargó de organizarlos y sacarlos a las puertas de sus casas para que se los llevaran. Quién podría imaginarse que Isidoro podría traer tanta alegría a mi espíritu jardinero.

Si eligiera las experiencias de jardinería más extraordinarias, serían las asociadas a los terrenos frutales de mi abuelo. Durante la cosecha de cítricos y otros frutos —ya sea con horqueta o subida a los árboles, honestamente preferí la segunda siempre— ayudé a bajar cientos de limones dulces, toronjas, naranjas agrias, limones, naranjas dulces, mandarinas, zapotes, zapotes negros, mameyes, zaramullos y guanábanas. Cada día de cosecha terminaba con las manos destrozadas y ampolladas, las uñas llenas de tierra, las piernas llenas de rasguños de las ramas y moretones por golpes nunca sentidos, con un cansancio físico que hacía interminable el camino de regreso a casa en triciclo.

Cómo olvidar aquella cosecha de aguacates, que por bajar los que estaban en la parte más alta del árbol, golpee con el hombro un panal de avispas que automáticamente me picoteraron todo el cuerpo dejándome adolorida, hinchada y llorosa. Lo increíble es que el árbol era tan alto y difícil de escalar que tardé buen rato en llegar a la copa, pero con los picoteos de las avispas ¡bajé en dos segundos! Literales. Al llegar a tierra, el único consuelo que tuve fueron los brazos de mi papá que me esperaban para consolarme de los picotazos recibidos y, también, los diez enormes aguacates que logre lanzar desde el aire a mi papá antes de importunar a las avispas.

Qué decir de la especial cosecha de nance, ¡qué fruto tan bonito! Qué oloroso, qué dulce y qué amargo si lo comes y no está maduro. Te amarra la lengua y todo el gusto. Lo maravilloso de cosechar nance es que puedes comer mientras trabajas, directo de la tierra lo tomas con tus dedos enrojecidos de can-cab —tierra roja— y lo metes a la boca para sentir ese sabor fuerte, dulce, todo placer.

El nance se cosecha en el suelo. El árbol, llegado el momento, tira todas sus hojas para preparar los alrededores con una alfombra verde y luego café que recibe a los frutos. Los cosechadores agachados vamos siempre en cuclillas escarbando la alfombra de hojas para encontrar los frutos perdidos, algunos un poco verdes aún, otros en su punto. Y así, uno a uno recogemos los nances que llenan los huacales de madera cubiertos en su interior con papel periódico para que los frutos no se salgan por las ranuras. Qué olor, qué placer, qué nostalgia alegre de recordar.

Y entre el ardor de los pies ampollados, las piernas rayadas y adoloridas; los brazos y las manos quemados por los ácidos de las hierbas que accidentalmente rosábamos con la piel, transcurrían nuestras jornadas en los terrenos. Pero el mayor festín solo lo viví una vez. Fue una especie de ceremonia de graduación o rito de iniciación que mi abuelo tuvo conmigo. Sólo una vez tuve el placer de ser invitada a presenciar el riego de la tierra.

Muy temprano por la mañana salimos en bicicleta, solos él y yo. Había mucha humedad y ese olor típico del pueblo mezcla de leña, humedad, árboles y paja. Pedaleamos hasta llegar al terreno a las afueras. Manejamos por el camino esquivando piedras, hojas húmedas de rocío hasta llegar al centro ceremonial. La primera tarea era limpiar todos los canales que, como una especie de venas ramificadas atravesaban todo el terreno, se encontraban cubiertos de hojas, ramas y piedras. Con un rastrillo limpiamos todos los conductos para dejarlos libres para que el agua pudiera correr libremente por ellos.

Después caminamos hasta el fondo del terreno donde se encontraban los canales de piedra. Mucho antes de llegar ya percibíamos el sonido del agua que corría por ellos. En el Canal —al que podía meterme y remojarme— el agua cubría casi todas mis piernas. Eran zanjas sólidas que en su interior llevaban miles de litros de agua fresca y cristalina. ¡Mi abuelo compró dos horas de riego! Justo al iniciar su tiempo, quitó una compuerta de piedra que cerraba la entrada hacia su terreno y la usó para bloquear el otro lado, logrando que el agua chocara y se derramara hacia el interior de sus tierras.

¡Qué gran chorro de agua! Durante dos horas un río imparable de agua escurrió e inundó los canales de tierra y  todos los árboles. Yo entre mi sorpresa, alegría y nerviosismo, iba de un canal a otro, quitando piedras, brincando de gozo junto al chorro. Rodeaba los árboles corriendo, viéndolos mover sus ramas y hojas, contentos y agradecidos por el agua. Formamos una hermandad de árboles y niña.

Mi abuelo desapareció por algún lado en el terreno, no sé si intencionalmente o sólo como parte de su trabajo. Yo me apropié de la tierra, del agua, de toda la humedad y la vida que ahí se respiraba y se absorbía con los pies. Perdí mis tenis en algún canal, y así descalza, terminé la jornada de dos horas que me parecieron años. Verdaderamente el terreno se inundó, era increíble cómo toda el agua se distribuyó por las hectáreas de tierra regando vida por todos lados. Yo brincaba como una especie de grillo de un lado a otro del terreno visitando árboles y asegurándome que recibieran su buena dosis de agua.

Así terminó mi jornada: cansada, enlodada, piernas y manos chuchules, pero toda yo llena de una alegría indescriptible. Al regresar a casa de mis abuelos no comí, el resto de la tarde fui como un zombi que solo sonreía. Estuve casi hasta el anochecer subida en un pequeño árbol de mandarinas, mirando otros árboles, oyendo a las gallinas, disfrutando de la gran aventura que mi abuelo me regaló.

3er Concurso de Dramaturgia Express

El Globo Arte y Cultura, A.C. invita, a los creadores del estado de Yucatán, a participar en la convocatoria  3er. CONCURSO DE DRAMATURGIA EXPRESS que se efectuará el día sábado 21 de noviembre de 2015, en las instalaciones de Quinientos25 Agencia de Relaciones Humanas (calle 35 número 525 por 48-B y 2, Col. Nuevo Yucatán) las 10:00 horas.

El objetivo de esta convocatoria es promover la creación dramatúrgica en beneficio de la producción artística literaria de la ciudad de Mérida y del estado de Yucatán.

La dinámica

  • Escribir una obra de teatro en tres horas.
  • Los lineamientos que se darán a conocer el mismo día del evento: tema, anécdota, extensión, etc.

Las bases

  • Sin límite de edad.
  • Contar con un ordenador portátil o libreta (el creativo es libre de escoger).
  •   No se aceptarán trabajos previamente escritos o que sean copia de algún trabajo anterior. Tienen que ser escritos en el mismo momento.
  • El cupo es limitado a 15 participantes.

Las inscripciones

  • Podrán inscribirse a partir de la publicación de la presente convocatoria hasta el día martes 17 de noviembre de 2015 antes de las 00:00horas.
  • Será únicamente por vía email a la dirección electrónica el-globo@hotmail.com o por inbox de facebook a la direcciónwww.facebook.com/teatroelglobo
  • Al recibir la confirmación de inscripción se indicará los siguientes pasos para presentarse el día del concurso.

Los resultados

  • Se reconocerán los tres textos más destacados según los criterios que establezcan el jurado dictaminador, que estará integrado por reconocidos escritores con amplia trayectoria en el medio teatral del estado de Yucatán.
  • La premiación será el día sábado 28 de noviembre de 2015 a las 11:00 horas en la Unidad Editorial de la SEGEY (calle 62 número 391 por 45 y 47 del Centro).
  • A todos los concursantes se les entregará una constancia de participación.
  • La decisión del jurado será inapelable.

Las premiaciones

Los autores de los tres textos ganadores obtendrán:

  • Reconocimiento
  • Set de libros patrocinados por: Editorial Dante, Unidad Editorial de la SEGEY y Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida
  • Una beca completa para asistir a alguno de los cursos de creación literaria y gestión editorial que realiza Pequeña Flor de Loto (despacho de gestión editorial y marketing) a impartirse durante el 2016.
  • Asistir como invitado al Programa de radio Hacia la creación literariaconducido por la maestra Patricia Garfias.
  • El primer lugar obtendrá un premio especial de $1,000.00. 

Pasarela

Por Dora A. Ayora Talavera.

Ir al mercado es una pasarela de moda al revés. Aunque te pavoneas sabucán en mano por los pasillos, ágil, graciosa, no eres tú el centro de atención. No importa tu cuello esbelto ni tus piernas bien torneadas; no importa tu delgadez extrema o tus kilitos de más. Tú, transeúnte de los pasillos, pierdes protagonismo al caminar en el mercado.

Es una pasarela singular ya que eres tú quien observa, quien evalúa y se maravilla, tienes incluso la osadía de tocar los productos, olerlos y hasta puedes saborear su dulzura. Las piñas te seducen con su olor, las manzanas te coquetean con su brillo impuro… pero son las fresas con sus pecas infantiles las que te conquistan y te atreves a pedir… ¡un kilo de fresas por favor!

El andador principal está adornado por ambos lados. A la derecha se encuentra la estación de leguminosas: lentejas, garbanzos chicharos, habas… cereales y semillas te impulsan a introducir tu mano en los costales de frijoles negros y bayos buscando que la sensación granulosa de ayude a decidir qué llevar para la comida de la semana, ¿tal vez para hoy? Un poco más adelante los puestos de condimentos modelan pimienta negra en grano y molida, achiote en pasta, chilmole, azafrán, orégano, clavo y canela en vaina.

Unos pasos más adelante en tu andar, lucen esplendorosas y despeinadas las flores, apiladas en racimos y remojadas en cubos enormes de agua: margaritas, crisantemos, mariposas, rosas rojas y amarillas, las atrevidas rosas pintadas de azul… Qué grandes diseñadores son capaces de tales creaciones multicolores y de vanguardia. Te sientes tentada a comprarlas, pero te conformas con oler y seguir tu camino, la pasarela es larga, no quieres dar traspies entre los huecos y charcos.

A la izquierda los puestos de dulces, que acordes con las tendencias de la moda actual, brindan una pasarela con modos simples y graciosos: zapotitos con forma de sandía, merengues dorados, cocadas azucaradas y palanquetas tradicionales, todos se lucen acompañados del zum zum de las abejas que vuelan a su alrededor. Estos son los únicos puestos con música adicional; música que se confunde con los sonidos del altavoz que anuncia las ofertas en el área de artículos para cocina: “comales, latas para pib, mariconas, rodillos, anafres y sosquiles de Don Juvencio al dos por uno”. Área muy cercana a la zona de fayuca que trae, directo de Chetumal, relojes y despertadores de dudosa calidad.

Con un toque glamoroso y pacientemente, esperan ser alcanzados por tu mirada los puestos de juguetes, resaltan ante tus ojos: carritos, pelotas, comedores miniatura, luchadores de ojos bizcos te coquetean deseosos de convencerte para que los compres. Es una lástima que hoy no vino Marquitos contigo, seguro él pedía a Blue Demon Jr. y al Perro Aguayo.

Al fondo de la pasarela se encuentran los puestos sanguinarios: pollos, puercos, reces y hasta conejos cuelgan de las vigas de hierro despintado. Algunos todavía conservan la piel, otros yacen destazados sobre charolas. La imagen te provoca desde lejos, pero un dejo de sadismo te atrae.

Toda tendencia es efímera y en ésta pasarela no pueden faltar los estilos perecederos: perejil, cilantro, yerbabuena, zanahorias, papas, calabazas, elotes, chayotes lanzan sobre ti sus colores y olores para casi concluir con el recorrido semanal de la temporada Otoño – Invierno 2015.

La próxima vez que vayas al mercado deléitate pensando que Versace, Dolce&Gabbana, Chanel, Cavalli y Dior, nunca serán protagonistas de una pasarela como la tuya llena de frutas, aves, cereales y flores. Si alguna vez pudieran imaginarlo, seguro sentirían envidia de ti.

@DoraAyora / dora.ayora@gmail.com

En la tlapalería

Por Dora A. Ayora Talavera @DoraAyora

Parte de la magia de una tlapalería reside en la enorme variedad de productos que tiene para ofrecer: clavos, tuercas, tornillos, taquetes, desarmadores, pinturas, cerraduras, palas, cemento, brochas, tiner, aguarrás, estopa, veneno para ratas, regaderas, coladeras para baño y una fila extensísima de etcéteras.

Además, ir a comprar ahí es un festín para los sentidos, visualmente las retinas se abren para recibir los colores de las mercancías, formas diversas organizadas en estantes penetran por tu mirada, botes enfilados como soldados listos para marchar derraman luz en tus ojos. Colgando del techo nubes de productos guían tu mirada para sorprenderte con su vuelo artificial.

Tu nariz se inunda de olores, mezcla de alcoholes, aceites y pinturas. Engañan a tu cerebro y no sabes si estás en un taller mecánico, en una carpintería o un laboratorio. Tu olfato siente cosquillas que lo llevan de un extremo al otro de la tlapalería, olores secos de la estopa, olores metálicos de las herramientas y los clavos, olores líquidos embriagadores del aguarrás y el tiner. Tu nariz sale borracha de esa cantina de olores penetrantes.

Acompañando las visiones psicodélicas y los olores mareadores, los oídos se deleitan con la música de un torno que saca copia de las llaves de la casa de un vecino, con la cascada de clavos que son pesados y envueltos en papel periódico, con las voces que en secreto cuchichean que la hija de Juanita —vecina de la 24— está embarazada otra vez.

Sabores destilados inundan tu boca, gustos minerales alteran tu garganta y al final un dejo férreo se queda en tu gusto. Entre náuseas y placer tu estancia en la tlapalería se torna larga, pero sales satisfecha pues encontraste lo que buscabas para los arreglos de tu casa. Sabor a antigüedad y vecindario es lo que queda en tu memoria.

Tu piel se empaniza de polvos diversos, restos de material, tierra callejera y agua corporal que los apelmaza en tu cuerpo. Te sientes de pronto como metalizado, no eres Robocop ni el hombre de acero, es una especie de efecto camaleónico generado por todas las sustancias y el ambiente de la tlapalería que se contagia con solo entrar en ella.

La verdad, para los amantes de las reparaciones caseras —como yo— este lugar hace que tu corazón lata de emoción, es un centro de venta, de regocijo y de comunidad.

Pero hay algo que hace muy especial la tlapalería de mi barrio y es que la dueñas que la atienden son dos mujeres pasadas de los 80 años, marchantas elegantes, olorosas y serviciales que ofrecen a los compradores todo sus productos en medio de una charla amena sobre política, aconteceres de la colonia y consejos de plomería.

Sus manos ancestrales hábilmente sacan copia de llaves, pesan kilos de cemento blanco y estopa, empaquetan lijas, miden metros de miriñaque,  envuelven en periódico clavos y tornillos de distintos tamaños según lo que puedas necesitar, mezclan colores de pintura a tu gusto. Con gracia femenina te sugieren el mejor veneno para matar ratas. Modelan coquetas las mejores coladeras para tu baño según la medida y la calidad que prefieras.

Es sin duda la mejor tlapalería que existe en la ciudad. Una reliquia, qué alegría encontrar un lugar así para comprar y compartir.

Rojo burdeos

Por Dora Ayora Talavera @DoraAyora

Era un Tsuru rojo burdeos, como del 2009, a primera vista el exterior se veía bastante bien conservado. En una segunda vista, era notorio el desgaste de los interiores, techo un poco raído y no daba la impresión de estar muy limpio. Era conducido por un caballero de unos setenta y algo de años, muy delgado, camisa azul, pelo cano, piel bronceada.

Te preguntarás qué llamó mi atención de este carro, que no goza de ningún atractivo particular y del cual, pese a la intrepidez con que era conducido, hice todo lo posible por mantener a la vista. Desde que se me acercó, no quise perder detalle de lo que ahí acontecía.

2:05 pm, parada en un semáforo, se detiene este espécimen maravilloso para hacer su alto medio carro delante y a la derecha de mí, de tal manera que podía ver con toda claridad, los movimientos del conductor solo con girar mi cabeza levemente. Noté que Don Fulgencio, así lo voy a llamar, masticaba rápidamente y con movimientos agitados “preparaba cosas”, traté de acercarme un poco más para ver en detalle de qué se trataba, pero el carro que tenía delante mío me lo impidió.

Al arrancar los carros hice todo lo posible por mantenerme a su lado, iba rápido, parecía tener prisa, llevaba las luces intermitentes prendidas. Estaba tan alerta de los movimientos en el interior que me sentí parte de esa intimidad automovilística. Como si fuéramos grandes conocidos, Don Fulgencio me miró levemente de reojo, dada la confianza ni se inmutó, pero ese gesto de complicidad reconfirmo mis ideas, estaba almorzando.

No tiene nada de particular que la gente coma dentro de sus carros, yo misma en algunas ocasiones he llevado un sándwich, que en los días de mucha prisa resultan ser el almuerzo perfecto. Los he acompañado de unas papitas, té helado, agua o una coca light. La gente come bocadillos, panes dulces, galletas, toma café, jugos naturales, entre muchas otras cosas.

El tercer semáforo se alió conmigo, permitiendo que nuestros automóviles rojos – uno quemado otro burdeos –  se alinearan ventana con ventana y es ahí donde reside la maravilla que presencié y que de sorpresa me dejó boquiabierta y con los ojos desorbitados.

Ahí estaba el Tsuru rojo burdeos, por fin a mi lado,  ahora claramente convertido en el comedor donde Don Fulgencio, que desafiando las leyes de la física, las leyes de la relatividad incluso las de la física cuántica, saboreaba a cucharadas en un plato enorme, hondo, de plástico beige ¡un delicioso puchero! Muy hábilmente sostenía con los dedos anular, medio, índice y pulgar de la mano izquierda el plato y con el meñique ligeramente tocaba la guía del carro. Con la mano derecha, hábilmente cuchareaba, metía velocidades y guiaba el automóvil.

La verdad, no sé qué es lo que me tiene más maravillada: la habilidad para conducir de esa manera, la increíble idea de comer puchero a cucharadas mientras maneja, o el eructo de placer que despidió después de terminar su guiso y de beberse de un solo trago una coca cola bien helada.