Riego por inundación

Por Dora Ayora Talavera @DoraAyora

Si me definiera como jardinera, tendría que decir que practico la jardinería ruda. Es decir, no soy de las que riegan sus florecitas y limpian con delicadeza las hojas de sus plantas. Yo diría que prefiero algo más activo; me gusta cortar ramas de árboles, hacer macetas grandes de palmas, podar enormes arbustos y árboles frutales.

De todas mis experiencias con la jardinería, hay algunas que marcaron mi vida y mis recuerdos. Hoy, mis ojos pueden entender la maravilla y belleza que mis ojos de niña veían como aventura y diversión.

Mis inicios se remontan a la edad de seis años haciendo germinar frijoles en un pedazo de algodón húmedo, trasplantarlos cuando ya han crecido lo suficiente para luego verlos morir. También exploré la posibilidad de hacer macetas de papel, arrollando serpentinas de colores, logrando círculos multicolores que después empujaba hacia abajo formando un cono que se convertía en mi maceta arcoiris. Ninguna flor sobrevivió. La explicación que yo me daba es que a las raíces les llegaba el aire que atravesaba el papel y eso las mataba.

Mi primer autoempleo a los doce años fue cortando jardines de mis vecinos. Algunas veces sólo con tijera —que por cierto era yo muy hábil en ese arte— otras, tenía la suerte de conseguir que alguien me prestara una máquina podadora. Obviamente era de esas que empujabas, no tenía ningún tipo de motor ni nada y dependía de qué tan afiladas estuvieran sus aspas para poder terminar mi trabajo pronto. ¡Aaah! El placer del olor de pasto recién cortado, ver cómo quedaba parejito con la máquina y con las tijeras dar forma lineal a todos los bordes. Gané mis buenas monedas con este oficio.

Para una niña de ciudad, venir a Yucatán de vacaciones fue alentar el espíritu explorador y de monte, contribuyendo a la fascinación con todo lo relacionado a la jardinería, agricultura y labores de la tierra en general.

Mi máxima intervención en jardinería ruda fue durante el huracán Isidoro. Después de percatarme de todos los destrozos que había causado, no sé dónde conseguí hacha, machete y una sierra eléctrica y fui por mi vecindario ayudando a cortar y desalojar los patios llenos de árboles caídos. Ramas enormes de aguacate, zapote y mamey pasaron por mi sierra. Acompañada por los propietarios y un primo, cortamos los troncos en pedazos manejables y cada familia se encargó de organizarlos y sacarlos a las puertas de sus casas para que se los llevaran. Quién podría imaginarse que Isidoro podría traer tanta alegría a mi espíritu jardinero.

Si eligiera las experiencias de jardinería más extraordinarias, serían las asociadas a los terrenos frutales de mi abuelo. Durante la cosecha de cítricos y otros frutos —ya sea con horqueta o subida a los árboles, honestamente preferí la segunda siempre— ayudé a bajar cientos de limones dulces, toronjas, naranjas agrias, limones, naranjas dulces, mandarinas, zapotes, zapotes negros, mameyes, zaramullos y guanábanas. Cada día de cosecha terminaba con las manos destrozadas y ampolladas, las uñas llenas de tierra, las piernas llenas de rasguños de las ramas y moretones por golpes nunca sentidos, con un cansancio físico que hacía interminable el camino de regreso a casa en triciclo.

Cómo olvidar aquella cosecha de aguacates, que por bajar los que estaban en la parte más alta del árbol, golpee con el hombro un panal de avispas que automáticamente me picoteraron todo el cuerpo dejándome adolorida, hinchada y llorosa. Lo increíble es que el árbol era tan alto y difícil de escalar que tardé buen rato en llegar a la copa, pero con los picoteos de las avispas ¡bajé en dos segundos! Literales. Al llegar a tierra, el único consuelo que tuve fueron los brazos de mi papá que me esperaban para consolarme de los picotazos recibidos y, también, los diez enormes aguacates que logre lanzar desde el aire a mi papá antes de importunar a las avispas.

Qué decir de la especial cosecha de nance, ¡qué fruto tan bonito! Qué oloroso, qué dulce y qué amargo si lo comes y no está maduro. Te amarra la lengua y todo el gusto. Lo maravilloso de cosechar nance es que puedes comer mientras trabajas, directo de la tierra lo tomas con tus dedos enrojecidos de can-cab —tierra roja— y lo metes a la boca para sentir ese sabor fuerte, dulce, todo placer.

El nance se cosecha en el suelo. El árbol, llegado el momento, tira todas sus hojas para preparar los alrededores con una alfombra verde y luego café que recibe a los frutos. Los cosechadores agachados vamos siempre en cuclillas escarbando la alfombra de hojas para encontrar los frutos perdidos, algunos un poco verdes aún, otros en su punto. Y así, uno a uno recogemos los nances que llenan los huacales de madera cubiertos en su interior con papel periódico para que los frutos no se salgan por las ranuras. Qué olor, qué placer, qué nostalgia alegre de recordar.

Y entre el ardor de los pies ampollados, las piernas rayadas y adoloridas; los brazos y las manos quemados por los ácidos de las hierbas que accidentalmente rosábamos con la piel, transcurrían nuestras jornadas en los terrenos. Pero el mayor festín solo lo viví una vez. Fue una especie de ceremonia de graduación o rito de iniciación que mi abuelo tuvo conmigo. Sólo una vez tuve el placer de ser invitada a presenciar el riego de la tierra.

Muy temprano por la mañana salimos en bicicleta, solos él y yo. Había mucha humedad y ese olor típico del pueblo mezcla de leña, humedad, árboles y paja. Pedaleamos hasta llegar al terreno a las afueras. Manejamos por el camino esquivando piedras, hojas húmedas de rocío hasta llegar al centro ceremonial. La primera tarea era limpiar todos los canales que, como una especie de venas ramificadas atravesaban todo el terreno, se encontraban cubiertos de hojas, ramas y piedras. Con un rastrillo limpiamos todos los conductos para dejarlos libres para que el agua pudiera correr libremente por ellos.

Después caminamos hasta el fondo del terreno donde se encontraban los canales de piedra. Mucho antes de llegar ya percibíamos el sonido del agua que corría por ellos. En el Canal —al que podía meterme y remojarme— el agua cubría casi todas mis piernas. Eran zanjas sólidas que en su interior llevaban miles de litros de agua fresca y cristalina. ¡Mi abuelo compró dos horas de riego! Justo al iniciar su tiempo, quitó una compuerta de piedra que cerraba la entrada hacia su terreno y la usó para bloquear el otro lado, logrando que el agua chocara y se derramara hacia el interior de sus tierras.

¡Qué gran chorro de agua! Durante dos horas un río imparable de agua escurrió e inundó los canales de tierra y  todos los árboles. Yo entre mi sorpresa, alegría y nerviosismo, iba de un canal a otro, quitando piedras, brincando de gozo junto al chorro. Rodeaba los árboles corriendo, viéndolos mover sus ramas y hojas, contentos y agradecidos por el agua. Formamos una hermandad de árboles y niña.

Mi abuelo desapareció por algún lado en el terreno, no sé si intencionalmente o sólo como parte de su trabajo. Yo me apropié de la tierra, del agua, de toda la humedad y la vida que ahí se respiraba y se absorbía con los pies. Perdí mis tenis en algún canal, y así descalza, terminé la jornada de dos horas que me parecieron años. Verdaderamente el terreno se inundó, era increíble cómo toda el agua se distribuyó por las hectáreas de tierra regando vida por todos lados. Yo brincaba como una especie de grillo de un lado a otro del terreno visitando árboles y asegurándome que recibieran su buena dosis de agua.

Así terminó mi jornada: cansada, enlodada, piernas y manos chuchules, pero toda yo llena de una alegría indescriptible. Al regresar a casa de mis abuelos no comí, el resto de la tarde fui como un zombi que solo sonreía. Estuve casi hasta el anochecer subida en un pequeño árbol de mandarinas, mirando otros árboles, oyendo a las gallinas, disfrutando de la gran aventura que mi abuelo me regaló.

Publicado por

Quinientos25

Dirigido por Dora A. Ayora Talavera, Quinientos25 es una Agencia de Relaciones Humanas que a través arte, literatura, psicoterapia y prácticas colaborativas promueve el desarrollo de vínculos positivos que favorezcan nuestras vidas. Trabajamos con organizaciones privadas y gubernamentales, empresas, escuelas, familias, profesionistas y público en general ofreciendo cursos, talleres, psicoterapia, acciones y espacios creativos que promueven el diálogo colaborativo.

One response to “Riego por inundación

  1. No teníamos terreno, pero sí un gran número de plantas que como tú, disfrutábamos ( éramos muchos entre primos y hermanos ); nance ( para nosotros era “nancen” ), zaramullo, anona, limón indio, zapote, huaya india (hummm, ya casi no hay ) y cubana, naranja agria y dulce, guayaba, tamarindo, mango, ciruela, ciricote, granada, caimito blanco ( que mi papá decía era el mejor de la especie ) y hasta una pequeña mata de grosellas.
    Y claro, los chiquitos esperábamos con ansias la época de subir a los árboles a cosecharlos, aunque no siempre llegaba la cantidad esperada pues nos quedábamos encaramados entre las ramas comiendo hasta hartarnos. Y para la cosecha del ” nancen”, por supuesto era escarbar entre las hojas, pero lo mejor era subirnos al techo a recojerlos…
    Lindo escrito Dora, te felicito y te agradezco por hacer presentes mis recuerdos infantiles.

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