Una caja especial

Lina aprendió desde muy chica el valor de su cuerpo cuando al cumplir tres años encontró en un cajón un pequeño frasquito que contenía lo que su mamá llamó “la manguerita que nos unía”, haciendo referencia a los restos disecados de su ombligo. Fue tal el impacto que Lina, a partir de ese instante, se negó a perder toda parte que se desprendiera o cayera de su diminuto y raquítico ser.

Alguna intuición extraña le hizo saber que hacer del uno y del dos era necesario, incluso obligatorio por salud. Pero se negaba a perder sus uñas, su cabello, sus dientes y una que otra costra que se desprendía accidentalmente.

Cuando le cortaban las uñas de manos y pies lloraba amargamente. Su madre pensaba que era de dolor. En realidad, Lina lloraba de tristeza ya que sentía que perdía una parte de su ser. Cuando pudo por fin hacerle saber a su mamá lo triste que era desprenderse de partes de su cuerpo, la señora sabiamente le regaló un frasquito de cristal para que Lina guardara sus uñitas.

Con entusiasmo Lina recibió el frasco y pidió de inmediato otros dos, uno para su pelo y otro para sus costritas. Desde ese día el llanto desapareció. Lina creció teniendo como testigo a sus frasquitos, refugio de su cuerpo perdido. Nunca dejó crecer en exceso sus uñas, para que la pérdida siempre fuera pequeña. Cuidaba su cabello para mantenerlo siempre terso y que al ser cortado lo pudiera almacenar; en cuanto a sus costras, las cuidaba obsesivamente hasta que desaparecían, casi como reabsorbidas por su piel.

Para Lina esta colección de saldos del cuerpo no era nada extraña y, dado el valor que tenía, la guardaba en una repisa oculta en el fondo de su closet. Cada cierto tiempo, muy sigilosamente, se metía a la oscuridad del escondite y ya sea con una vela o con una linterna, miraba felizmente sus frasquitos ordenados y etiquetados: uñas octubre 1985, costras 1987 y así.

En el área de uñas, en una selección especial, Lina había creado pequeños arcoíris unicolores acomodando las uñas de forma ascendente, jugando con las formas y creando grecas maravillosas que le gustaba alumbrar. También en una cajita montada sobre un pequeño pedestal de acrílico se encontraba la uña grande del pie izquierdo que perdió dolorosamente al patear un escalón de la casa de su abuela. A esa le pintó una carita feliz, pues era la pieza de uña más grande que nunca antes había tenido.

Había una sección especial dedicada a sus dientes, chiquitos, de leche, todos alineados en una cajita acolchonada que alguna vez fue de unos aretes. Esta parte de la colección se vio engrandecida cuando a los 18 años le quitaron las muelas del juicio. Aún adolorida y entumida abrió la cajita e introdujo dos enormes y perfectas muelas, que contrastaban en tamaño y forma con todas las demás. Sonrió con un poco de satisfacción, un poco de malicia, pensando que era excepcional esa adquisición. Años después la colección adquirió un nuevo ejemplar cuando una endodoncia mal hecha le hizo traer un premolar cortado en tres partes, perfectamente planas.

Algunas personas podrían pensar que este hábito de Lina era un tanto desagradable y mórbido, pero en realidad llevaba para ella toda una filosofía de limpieza y conservación de la vida y el cuerpo. Y además porque siempre pensó que ningún despojo de su cuerpo era voluntario. A excepción de sus colas de caballo, que guardaba muy bien peinadas y amarradas con ligas y lazos de colores.

A sus 25 años de edad, consideró que era necesario poner todos sus frasquitos y cajitas juntas. A pesar de la seguridad que les brindaba el closet, Lina pensó que era momento de ponerlos todos juntos y bajo llave. Así que muy cuidadosamente eligió una caja, que parecía más bien un joyero, grande, negro con incrustaciones de piedras de colores y en su interior acolchonado con terciopelo rojo, era perfecto para lo que quería: un lugar bonito, cómodo para sus diminutos pedazos de cuerpo.

Siempre pensó y deseó que esa colección estuviera limitada. Se propuso que nunca entraría a esa caja especial nada de gran tamaño, pues eso implicaría una terrible pérdida. Y también su expectativa siempre estuvo enfocada a que de uñas, cabellos y dientes nunca iba a pasar.

Para su sorpresa y sin jamás imaginarlo, llegó a su colección la perdida más dolorosa que pudo tener, pérdida que la llevó al hospital, que la mantuvo sedada y sufriendo por más de diez horas. Al final, una pequeña piedra de riñón llegó a la cajita, envuelta en una gacita de hospital para que no se pierda. El alivio que sintió al perderla fue una especie de reconocimiento a su valor, pues un gran dolor equivale a un gran valor. Piedra diminuta pero grandiosa.

Lina no sabe qué hará con esta caja especial en la que ahora residen todos sus despojos, recuerdos de su vida, testigos de su cuerpo, extensiones de su ser. Cuánta vida encierran, cuántos secretos guardan. Las uñas, el cabello, las muelas y sus vidas silenciosas que siempre nos acompañan, a las que nunca agradecemos su existencia, a las que siempre desechamos como si sólo fueran una simple membrana que sobresale y ya. Es muy seguro que Lina las guarde y algún día les rinda un homenaje por su grandeza y su compañía. Tal vez hasta decida llevárselas a la tumba, para que residan a su lado por toda la eternidad.

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Quinientos25

Dirigido por Dora A. Ayora Talavera, Quinientos25 es una Agencia de Relaciones Humanas que a través arte, literatura, psicoterapia y prácticas colaborativas promueve el desarrollo de vínculos positivos que favorezcan nuestras vidas. Trabajamos con organizaciones privadas y gubernamentales, empresas, escuelas, familias, profesionistas y público en general ofreciendo cursos, talleres, psicoterapia, acciones y espacios creativos que promueven el diálogo colaborativo.

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