El velero de Gabriel

Por Dora Ayora Talavera @DoraAyora

El fin de semana acepté una invitación para ir a velear. Tengo que reconocer que desperté la noche anterior sintiéndome un poco temerosa por imaginar qué tan lejos íbamos a ir en el velero, si tendría chalecos salvavidas, si el tiempo iba a estar bueno, no fuera a venir un mal aire, si por accidente el “tubo” de la vela me golpeaba y me tiraba al agua; tuve toda clase de pensamientos aterradores que suelen aparecer en la oscuridad. La salida del sol me tranquilizó, el mar estaba precioso y en calma, el sol brillaba radiante, no había viento y todo pintaba para un paseo tranquilo y libre de algunas de mis preocupaciones de madrugada.

Una vez ahuyentados algunos de mis temores y mostrando gran entusiasmo y alegría —tan reales como mis dudas— puse mi traje de baño negro, cubrí mi cuerpo de protector solar, y a sugerencia de la tripulación experta —que por cierto es mi hermana— añadí a mi vestuario algo más protegido como una blusa y una faldita cómoda para navegar. El Capitán sugirió un sombrero que sin ninguna duda agarré de una canasta e instalé de inmediato en mi cabeza.

Abandoné mis sandalias y emprendí la marcha a lo largo de la playa siguiendo en línea recta a mi compañera pasajera y a la tripulación. La travesía empezó con un sudor copioso generado por el esfuerzo de cargar el dingui, el tanque de gasolina, la nevera con provisiones líquidas y sólidas que estaban en la playa aguardando a ser llevadas a bordo.

Antes de subir al velero, el Capitán nos ofreció aventurarnos brevemente por los vericuetos formados por una abertura que une ciénega y mar; permitiéndonos navegar por ambos lados admirando la costa, el faro, el puerto de abrigo, atravesando el puente para muy cautelosamente adentrarnos en la ciénega y admirar a los lejos algunos flamencos, peces que brincaban fuera del agua y ver como nunca antes ese paisaje maravilloso de la ciénega en todo su esplendor, con la brisa y el olor a mar a nuestro alrededor.

En estos momentos mis temores casi se habían diluido por completo, tanta belleza, arbustos cantarines llenos de cigarras que escondidas, nos acompañaron por tramos en nuestro paseo, parecía que nos gritaban algo que no podíamos entender, pero que auguraba un día extraordinario.

Después de pasear como una hora, regresamos al rumbo de la casa para ahora sí abordar el anhelado velero. Abordar teniendo como base el dingui ¡es una proeza fenomenal! Primero subió mi hermana —tripulación de primera categoría y brazo derecho del Capitán— a quien pasamos nevera y una cajita con artículos varios; después seguí yo, que bien instruida me agarré firmemente de los tubos —no sin tambalearme varias veces— y subí primero una pierna, luego la otra y así bajar a la parte trasera del velero donde se encuentra el timón y unas sillas corridas muy cómodas. Tras de mí, mi par de travesía y al final el Capitán, que aseguró cuidadosamente el dingui que iba a ser remolcado durante todo el trayecto.

Y he aquí el arte de la navegación, tripulación y Capitán, frente a los ojos sorprendidos de sus pasajeras y entre gritos de extremo a extremo de la embarcación, subieron las velas, levaron el ancla, coordinaron las sogas, los carretes, el viento, el motor, la boya, el timón, etcétera, etcétera. ¡Vaya que tiene cosas que atender un velero! Hasta aprendí algunas palabritas: mástil, foque, fondear, la mayor, quilla y mi favorita pues suena divertida “dingui”.

Una vez puesto en marcha el velero, todo temor, toda duda se diluyó con el mar y la brisa. Cinco horas de travesía, de Telchac a San Crisanto y tal vez muy cerca de Chabihau. El cielo azul, la brisa fresca, los cocales verdes y una línea clara de playa acompañaron nuestras conversaciones. Las provisiones sólidas volaron, de las líquidas solo quedó el agua, a la que nadie le hizo el menor caso. Y al son del Capitán cantamos varias veces a coro “Yo tengo, yo tengo mi velerito, que navega y navega muy suavecito…”

Este Capitán no es como los de las películas, no posee la elegancia de Edward John Smith del Titanic, ni la extravagancia de Jack Sparrow, su único distintivo es que dicen que tiene un diente de leche. Como sea, sin parches, sin tatuajes, sin loros abordo, es sin duda el mejor Capitán que he conocido.

Publicado por

Quinientos25

Dirigido por Dora A. Ayora Talavera, Quinientos25 es una Agencia de Relaciones Humanas que a través arte, literatura, psicoterapia y prácticas colaborativas promueve el desarrollo de vínculos positivos que favorezcan nuestras vidas. Trabajamos con organizaciones privadas y gubernamentales, empresas, escuelas, familias, profesionistas y público en general ofreciendo cursos, talleres, psicoterapia, acciones y espacios creativos que promueven el diálogo colaborativo.

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