¡Adiós ranita!

Por: Dora A. Ayora Talavera @Dora Ayora

El cuarto 20 es el que me asignaron, de inmediato tomé la llave, miré de nuevo el mapa para orientarme y me dirigí hacia él. La humedad y el calor que sentía me hacían sudar copiosamente mientras cargaba en la espalda mi mochila naranja y con el brazo derecho mi maleta de llantitas del mismo color; no es que sea mi color favorito, pero así se me dio comprarlas.

Mientras atravesaba el camino de piedras para llegar a mi habitación – demasiado grandes para mi gusto, pues con chancletas y carga resultaba difícil avanzar sin sentirme desbalanceada y tal vez con un poco de miedo, a dar un tras pie que me enviara con todo al suelo – pensaba en la semana que estaría hospedad ese bonito hotel de Isla Mujeres y en el tiempo a solas que podría disfrutar por las noches cuando regresara a refugiarme del barullo de ideas, personas y actividades del que iba a ser parte durante todo ese tiempo.

Al llegar me topé con un gran ventanal corredizo como puerta, que solo se cubría con una cortina blanca. Al entrar me sorprendí del enorme tamaño de la habitación; dos camas quedaban frente a mí, empujándome a decidir de inmediato cuál sería la mía y cuál dejaría sin ocupar. Aún parada en la puerta echando un vistazo a todo el cuarto, me topé a la derecha con dos ventanas situadas en muros contrapuestos que aseguraban una buena ventilación, un juego de equipales – mesa y dos sillas – donde asenté unos minutos después las llaves; una banca larga de madera a la que elegí para dejar mi mochila.

A la izquierda descubrí un espejo muy grande que reflejaba insistentemente el lado derecho de los muebles, y más al frente también a la izquierda, vi un closet con puertas de madera, un lavabo con espejo, ventanas arriba y una puerta escondida que daba al baño: regadera, dispensadores de shampoo, jabón líquido para el cuerpo y toallas muy blancas me aguardaban para lo que sería mi refugio durante cinco días.

Todo ese espacio, todas esas cosas solo para mí, ¡que privilegio!

Si alguien me hubiera visto hubiera creído que ya conocía ese lugar, pues entré con tal confianza y seguridad apropiándome de todo; asenté las llaves, dejé mi mochila, acomodé mi ropa y maleta en el closet, no sin antes recostarme un par de minutos en la cama de la derecha que fue la elegida. Para refrescarme del intenso calor me quité las chancletas, me cambié la ropa, tomé un poco de agua, y disfrute del delicioso aire que daba el ventilador de tres aspas que pendía del centro del techo.

No tarde mucho en descubrir que tenía compañía, en el baño y sin explicarme cómo se había colado una pequeña ranita de color café – chiquitita, muy graciosa, parecía de juguete – Estaba paradita en un rincón, era tan pequeña que me costó trabajo descubrir su identidad, solo al acercarme se dejó ver con claridad al brincar, creo que asustada. No puedo negar que al verla dentro de la pila de la regadera me preocupó un poco la idea de meterme a bañar y en una de esas me saltara sobre un pie o me rosara la pantorrilla, imaginé la sensación y no me gustó.

Su presencia despertó mi egoísmo, pues todo el tiempo pensé que ese cuarto iba a ser solo para mí. Con el ceño fruncido y la mirada fija le dije que lo sentía, pero que no podía quedarse, que iba a salir a comer y que al regresar esperaba no encontrarla ahí.

Así lo hice, con ropa seca, agarré mi bolsa y salí a comer. Regresé con la intención de darme un baño para las actividades de la tarde. Confieso que había olvidado su presencia y confiadamente me metí a la regadera, pero al mover la cortina descubro que seguía ahí. No me enojé, solo le dije que por favor no se atreviera a brincarme encima mientras me bañaba. No lo hizo, y eso fue un pacto de confianza tan grande que le permití quedarse el resto de la tarde.

Al volver en la noche, lo primero que hice fue ir a ver a la ranita, no estaba, sentí un poco de nostalgia pues quería contarle todo lo que había escuchado y compartido durante la tarde y que me tenía muy entusiasmada y feliz. Resignada y fiel a mi elección me fui a la cama derecha a dormir.

¡Vaya sorpresa al despertar! Justo a medio camino para entrar al baño me encontré cara a cara con la ranita, no nos asustamos, creo que como saludo de buenos días me guiño un ojo y se dio la vuelta para entrar al baño. Confiando en el pacto previo también entré, me arreglé y me despedí de ella diciendo que volvería a medio día.

Cada entrada y salida mía del cuarto se convirtió en una visita a la ranita para ponerla al tanto de cómo iban mis actividades, conversaciones y aprendizajes. Y por la noche se convirtió en mi compañera de rituales para dormir y en la cuidadora de mi sueño. No sé si las ranas duerman, pero ella nunca lo hizo para asegurarse de que nada perturbara mi descanso.

Así pasaron tres, cuatro y todos los días y de pronto caí en la cuenta de que la ranita ¡no había comido nada! Me asusté al ver que ya no brincaba tan alto, me reproché mi falta de consideración, salí corriendo al patio y traje un par de hojas, le compartí un pedazo de manzana que tenía y esperé paciente a ver si quería comerlas. Sospechando que mi presencia le incomodaba, la dejé sola y me fui a dormir, era la última noche que pasaríamos juntas.

Muy temprano en la mañana del viernes, mientras preparaba mi maleta pensaba en la forma como íbamos a despedirnos, a cada vuelta que daba del closet a la cama donde hice mi maleta, le contaba y agradecía las buenas cosas que habían pasado durante la semana, en una de esas vueltas me miró de una manera que me hizo saber que quería salir del cuarto. Así que después de sacar mis cosas,  agarré un vaso desechable, la metí y la cubrí con un pedazo de papel para que no fuera a brincar desde lo alto, la saque al jardín y junto a un árbol la dejé salir, sin dudarlo brincó y se quedó quieta un rato mimetizada con el tronco, nos miramos a los ojos y le guiñe el mío, fue una manera de decirle: ¡adiós ranita! gracias por acompañarme.

Publicado por

Quinientos25

Dirigido por Dora A. Ayora Talavera, Quinientos25 es una Agencia de Relaciones Humanas que a través arte, literatura, psicoterapia y prácticas colaborativas promueve el desarrollo de vínculos positivos que favorezcan nuestras vidas. Trabajamos con organizaciones privadas y gubernamentales, empresas, escuelas, familias, profesionistas y público en general ofreciendo cursos, talleres, psicoterapia, acciones y espacios creativos que promueven el diálogo colaborativo.

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