Dos quesadillas a la Yourcenar

Por Dora A. Ayora Talavera | @DoraAyora

Nunca salgo de casa sin hacer dos cosas fundamentales para empezar mi día: bañarme y desayunar.

Para muchos, la primera comida es algo que puede obviarse; personas como yo —hambrientas por naturaleza y luego por convicción— no podemos empezar el día sin desayunar: es un  ritual indispensable por muy rápido que me lo coma.

Si recuerdo épocas de mi vida y cuáles han sido mis desayunos favoritos, claramente puedo ver que en la primaria el frijol refrito con pan tostado era el manjar matutino para ir a la escuela. Podía comer hasta ocho panes sin parar. Eran invaluables la energía y la alegría con la que me quedaba todo el día.

En la secundaria, el pan con mantequilla y azúcar —además de exquisitos— eran motor para las caminatas largas a la escuela. Y en las épocas que viví con mi abuela, la chicharra recién frita por mi abuelo carnicero —calientita con pan francés y café de olla— me ayudaba a enfrentar la tristeza de cada día al extrañar a mi mamá.

Durante la preparatoria, los hot cakes sin miel y con jamón fueron cómplices de mi primer amor correspondido. Ya en la universidad, la fruta fresca y un sándwich con pan tostado acompañaron un periodo de disciplina y estudio… antes desconocidos.

Tengo que reconocer que algo cambió durante la maestría; embarazada todo se volvió delicioso… y de ahí, así me quedé: todo me gusta.

Los desayunos, cuando viajo, son una alegría especial por explorar. Me gusta probar frutas exóticas, panes de los que no hay en México, huevos revueltos, tés y cafés que huelen y saben distinto.

Son inolvidables los sándwiches de aguacate con pan artesanal que he comido en Isla Mujeres; el “Full English Breakfast” que disfruté en Inglaterra… aunque sus frijoles dulces no me gustan; jamones y quesos deliciosos en Alemania y Holanda; los panes dulces del café “La Blanca” en el D.F.; esa pasta de tomate que comí todos los días en España y los tamales y tlayudas en Oaxaca. Todos son tan deliciosos que creo me hacen mejor.

No tengo un  estilo único para desayunar. A veces, por las prisas, como parada en la barra de la cocina; otras, sentada tranquilamente en la mesa del comedor o la terraza tomándome el tiempo para disfrutar el café.

El menú es variado. Desde fruta con avena, jugo, hasta salchichas asadas, sándwiches diversos, huevos con espinacas, con jamón o los favoritos de mi papá, con tomate.

Desayunar no es sólo detener un gran ayuno. Marguerite Yourcenar tiene razón y lo escribió bellamente al inicio de su libro “Memorias de Adriano”:

“Comer un fruto significa hacer entrar en nuestro Ser un hermoso objeto viviente, extraño, nutrido y favorecido como nosotros por la tierra (…) Jamás mordí la miga de pan de los cuarteles sin maravillarme de que ese amasijo pesado y grosero pudiera transformarse en sangre, en calor, acaso en valentía”.

Pensándolo así, desayunar no es solamente saciar hambre acumulada durante el sueño. Es trasformar con nuestro cuerpo los deleites cotidianos del paladar, convertirlos en energía, en amor… en fortaleza para vivir cada día.

Publicado por

Quinientos25

Dirigido por Dora A. Ayora Talavera, Quinientos25 es una Agencia de Relaciones Humanas que a través arte, literatura, psicoterapia y prácticas colaborativas promueve el desarrollo de vínculos positivos que favorezcan nuestras vidas. Trabajamos con organizaciones privadas y gubernamentales, empresas, escuelas, familias, profesionistas y público en general ofreciendo cursos, talleres, psicoterapia, acciones y espacios creativos que promueven el diálogo colaborativo.

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