Cuando aprendí la palabra Patria

Por: Dora A. Ayora Talavera

Aunque nunca fui buena estudiante, tengo muy gratos recuerdos de la primaria. Fui, y sigo siendo, de las que “no aprenden a la primera”, de las que siempre pasaron de panzazo. A diferencia de mis seis hermanas, nunca fui brillante ni sobresaliente, menos la consentida de la maestra. Es más, estoy segura que alguna vez mi pobre madre debió preocuparse por mi futuro.

Aun así recuerdo felizmente las largas caminatas para llegar a la escuela. El frío que me calaba el cuerpo huesudo —que en esas épocas tenía— y me congelaba las manos. Un frío que muchas veces me hizo, aquí entre nos, ir con pantalón de pijama bajo del uniforme para mantenerme calientita, a pesar de las protestas de mis hermanas, compañeras de caminata.

Entrábamos al salón con “La marcha de Zacatecas” caminando en fila con aquel energizante taratatá-tará-tatá  taratatá-tará-tatá. Y aunque el baile tampoco fue ni ha sido lo mío, con qué entusiasmo me moví al ritmo de “La Culebra” en sexto, con mi vestido naranja y sus cintas de colores.

Recuerdo la nieve de limón que vendía el conserje, Don Pedro, en el recreo y la especial de fresa que preparaba para regalar un vasito a cada niño los 30 de abril. No menos importante era el maestro de deportes —según mis amigas y yo era guapísimo y olía delicioso— pasábamos una y otra vez junto a él sólo para olerlo.

Aunque fue agobiante, logré salir adelante de la amenaza de regresarme un año atrás si no me aprendía la tabla del 9, y aunque el temor a la entrega calificaciones siempre estaba presente, sobreviví.

Tal vez no aprendí de memoria todo lo que se espera. Tal vez ya olvidé mucho de la Historia que repasamos una y otra vez. Tal vez sigo sin comprender parte de esas matemáticas que tanto que me enfatizaron. Del modo, tiempo, número, persona de la gramática ¡qué puedo decir! Difícil.

Estas épocas tan revueltas y sucias que vivimos en el país, me han hecho pensar en la lección que mejor aprendí, la lección más importante que en la escuela me enseñaron: la palabra Patria.

No sé cómo, cuándo ni de qué manera, pero eran años donde ante todo me enseñaron a amar a México… y hoy haberlo aprendido me duele.

Sé que mi hija Ana, nacida casi veinte años después a mi pasaje por la primaria, ama a su país, pero estoy segura que de una manera muy distinta a la mía, por la forma como me educaron, por la manera como en la escuela se hablaba de ser mexicano.

Los homenajes a la Bandera —aunque me desmayaba— eran rituales solemnes de verdad, porque así lo sentíamos, porque así nos enseñaron a vivirlo. Porque esas ceremonias para una niña de 7, 8, 9 años no eran nada más cantar el himno y saludar a la bandera mientras la escolta se paseaba frente a nosotros para después decir a coro el juramento; aquellas mañanas eran una manera de crear una identidad, un compromiso y respeto por mi tierra, mi cultura, por mi casa.

Hoy, tras la ventana de mi habitación en la quietud de la tarde, miro mi jardín y me duelo, pienso ¿cómo vamos a salir de ésta? ¿cómo vamos a hacer que el país se componga? ¿quién va a hacer la diferencia? ¿cómo contribuyo desde lo que hago como docente, terapeuta y madre para que las cosas cambien, para que sean mejor?

A veces me veo cobarde, otras impotente, otras más como una revolucionaria que desde su trinchera hace lo que puede. Y no es suficiente.

Me duele México.

He pensado últimamente que quisiera que no me importara, que no me doliera, que pudiera hacer como si nada. Ser indiferente. Pero no puedo. Y en ocasiones como hoy que me siento desesperada y rabiosa sin saber qué hacer, me digo: ¡ojalá nunca hubiera aprendido a sentir la palabra Patria!

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Quinientos25

Dirigido por Dora A. Ayora Talavera, Quinientos25 es una Agencia de Relaciones Humanas que a través arte, literatura, psicoterapia y prácticas colaborativas promueve el desarrollo de vínculos positivos que favorezcan nuestras vidas. Trabajamos con organizaciones privadas y gubernamentales, empresas, escuelas, familias, profesionistas y público en general ofreciendo cursos, talleres, psicoterapia, acciones y espacios creativos que promueven el diálogo colaborativo.

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